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En el cuarto capítulo de “La Música como Pilar Cultural y de Identidad”, los jóvenes artistas Kim Queenland y Benja Aracena comparten sus inicios, sus procesos creativos y la manera en que la migración, las vivencias personales y las emociones profundas moldean sus propuestas musicales. A través de historias íntimas, revelan
cómo la música se convierte en un espacio de sanación, expresión y conexión con otros. En esta entrega continuamos explorando cómo las influencias migratorias impactan los géneros emergentes y sensibles de la escena actual.
Kim Queenland, cantante y compositora que destaca por un pop fresco y nostálgico influenciado por las estéticas de los 80s y 2000s y Benja Aracena, cantautor que reinventa el folk pop desde una propuesta íntima, emocional y profundamente honesta.
Ambos coinciden en que la música ha sido un vehículo de identidad, refugio personal y un puente para reconectar con sus raíces. La relación de Kim con la música comenzó en la infancia, en un hogar donde, aunque
nadie era músico, las melodías siempre estaban presentes. Su gran puerta de entrada fueron los íconos de Disney Channel. “Fui muy chica Hannah Montana”, comenta entre risas. El canto llegó temprano y la composición más tarde, como un espacio íntimo para decir aquello que no sabía cómo expresar. “La composición llegó como una forma de desahogo… casi como terapia”.

Benja también recuerda sus primeros pasos desde la inocencia y la espontaneidad. Su acercamiento comenzó cuando encontró un disco de Chayanne que su mamá atesoraba “Bailaba Torero con cuatro años… creo que desde ahí ya estaba metido en esto”. Su primera presentación fue un gesto improvisado para sorprender a su
madre en el Día de la Madre “Canté horrible, creo… pero fue hermoso. Ahí sentí que la música conecta”. Ese momento marcó el inicio de un camino donde la música se convirtió en un espacio seguro, especialmente en un contexto donde los hombres suelen tener dificultades para expresar emociones “La música es ese lugar íntimo donde puedo sentir y ayudar a otros a sentir también”.
Uno de los momentos más conmovedores del episodio surge cuando Kim recuerda la historia detrás de su primera composición. A los 15 años perdió a su padre en un accidente, una herida que transformó su vínculo con la música. “Yo era muy tímida, sentía que no podía hablar. Tres días después de su muerte escribí mi primera canción. La música fue mi terapia”. La canción titulada “El ángel que cuida de mí” nació desde el dolor, la memoria y el amor. Durante la grabación, Kim interpretó un fragmento a capella que conmovió a todos en el estudio, recordando el poder emocional que puede contener una sola
melodía.
Benja, desde otra sensibilidad, reconoce que la música también ha sido un refugio para él. Escribir y cantar se convierten en un ejercicio de apertura emocional: “No siempre hablamos de lo que sentimos, pero la música abre esa puerta”.
A través de sus experiencias, Kim y Benja coinciden en que la música acompaña todas las etapas de la vida: la celebración, la soledad, la pérdida, el amor y los reencuentros personales. Su fuerza radica en la capacidad de resonar con quienes escuchan desde sus propias vivencias.
Este capítulo revela cómo las influencias migratorias, las experiencias íntimas y los cruces culturales se transforman en motores creativos que dan vida a nuevos sonidos y narrativas. Kim y Benja nos recuerdan que, aunque existan millones de historias, siempre habrá alguien que encuentre en una canción la emoción que necesitaba escuchar.
La Música como Pilar Cultural y de Identidad es una iniciativa de Miklac Music, financiada por el Fondo de Fomento de Medios de Comunicación Social del Gobierno de Chile y el Consejo Regional 2025.